La música ha sido mi compañera fiel durante 50 años.


En todo ese tiempo, decenas de canciones acompañaron momentos claves de mi vida, desde el primer beso, entrar a la universidad o pelearme con alguna buena amiga.

Pero entre los recuerdos algo difusos por el tiempo, se me aparece una canción que escuchaba mi madre cuando yo era niña.

Le gustaba el tango a mi vieja, y entre sus discos vinilos, había uno de la orquesta de Alfredo de Angelis.

Tuve que buscarlo en internet para recordar el nombre de la canción: “Tu íntimo secreto”, se llama y el corito me fascinaba:

“La dicha es un castillo con un puente de cristal,

camina suavemente si lo quieres alcanzar…”

Cuántos recuerdos de mi infancia.

Cambio de colegio, una pesadilla. Mi genotipo era, y es, absolutamente contrario al de alguien que puede ser feliz en un colegio de señoritas.

Detestaba ese arribismo estúpido a los 7 años, tanto como lo detesto ahora. Y resultaba tan evidente que nunca pude sentirme a gusto en ese entorno.

Recuerdo a Pillín, mi cachorro. Era muy loco y mis padres decidieron sacarlo de casa. Yo tenía cerca de 7 años y no había nada que pudiera hacer.

Nunca supe dónde lo dejaron, nunca más lo vi. Y lo recuerdo como si estuviera frente a mí. Tenía sus patitas blancas… Nunca lo he olvidado.

Le tenía miedo a la oscuridad…supongo que sabía que había miles de cosas en este mundo que yo desconocía y que podían, de alguna forma, hacerme pasar un mal rato.

Me gustaba ver donde estaba.

Escucho la canción del “castillo” en internet, ya no me parece tan linda como cuando era niña.

A los 8 o 9 años vi Música libre. Había hasta un tema de David Bowie…

A los 9 años el rock irrumpía en mi vida.

Pero en casa no había discos de rock.

Me cuesta decidir porqué me gustaba tanto la canción del castillo con el puente.

La verdad, ahora que lo pienso, la letra es bastante tonta.

De hecho, nunca he caminado suavemente por la vida.

He sido brusca, atolondrada, torpe, he corrido, me he caído y, sin aprender, he vuelto a correr y a caer varias veces y aún así, he sido feliz…

El tiempo, las experiencias tan disonantes con la forma de vida que tenía mi familia me alejó bastante de mi madre, y del tango. Veíamos el mundo con cristales bastante diferentes.

Hasta que un día, algunos años atrás, estuvimos largo rato conversando bajo el parrón de mi casa, y luego la fui a dejar. Antes de bajarse del auto me dijo que estaba empezando a comprenderme y a darse cuenta que yo tenía razón en algunas cosas.

Dejamos la conversación hasta ahí. Nunca la terminamos. Falleció esa noche y jamás sabré en que me encontró razón.

En realidad no entiendo por qué me gustaba tanto esa tonta canción…

Ahora lloro a mi madre, y vuelvo al rock:

Hello? Hello? Hello? Is there anybody in there?

Just nod if you can hear me. Is there anyone at home?


Trinidad Lathrop Leiva

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