Estimada Beatriz Sánchez
Precandidata Presidencial por Frente Amplio.


Una vez, cuando asumiste esta candidatura, dijiste algo que me identificó plenamente: a mí también me hace mucha ilusión un país en que cualquiera pueda ser presidente. Es por ello que me tomo de esta posibilidad para hacer visible una problemática que está aparentemente ausente en esta carrera por la moneda, ausente del debate y por ende ausente del interés nacional. Te escribo con el fin de hacer explicita una realidad que impide hacer esa ilusión de país una realidad concreta: para concretizar un sueño de país de oportunidades mi hijo menor tiene que aprender a hablar y entender su entorno: cosa muy difícil para él.

Creo firmemente que las palabras construyen realidades. Lo que decimos muchas veces se vuelve realidad solo por el simple hecho de expresarlo. Así, a lo largo de nuestra reciente historia, se nos ha creado una realidad que hemos tomado como única, inmutable, incuestionable.

Hay gente que habla del pronunciamiento militar de 1973. Pronunciamiento, así como una voz, una opinión dicha. Pero no fue así. No expresamos nuestra opinión con un arma, bajo una bota, con una venda en los ojos.

Desde ahí, otras verdades han sido impuestas: la delincuencia está desatada, lo que pasa en Santiago es noticia nacional, jaguares en una jungla que nos queda chica, individuos convertidos en clientes. Una universidad me recuerda que “tú puedes” (yo, solo, único, individualmente) Cada vez más, en mi calidad de profesor, veo a jóvenes que sencillamente NO PUEDEN.

A partir de 2006 algunos jóvenes (incluso algunos que te acompañan) empezaron a desafiar dichos paradigmas: salieron a la calle a cuestionar la ética de pagar y endeudarse para recibir una educación de calidad. Slogans más o menos, se atrevieron a desafiar paradigmas impuestos a base de fuego y sangre 40 años antes, y debidamente continuados por desidia, indiferencia y codicia.

Esta lucha juvenil, estos excesos para algunos viejos, puso en tabla un tema del cuál todo el país comenzó a cuestionar. Ellos supieron crear una nueva realidad: rechazaron lo incuestionable hasta ese momento: los derechos no se negocian, no se compran, se defienden. En esta discusión mi gremio, los profesores, estuvimos pavorosamente ausentes.

Y así llegamos hasta ahora. Muchos adoptaron y creen en la educación como derecho esencial, no como bien de mercado, como tan maliciosamente se nos quiso hacer creer.

Sin embargo, esta épica aún no abarca la totalidad de quienes deberían estar incluidos. Incluso sus principales actores han dejado atrás a una importante parte de los involucrados.

Como profesor obviamente entiendo la crucial importancia de un sistema educativo basado en la justicia. Pero como papá aun encuentro barreras que segregan y convierte a mi hijo, a sus tres años, en una persona en desventaja en una cancha que ya es desigual. ¿Lo peor? A ninguna autoridad parece importar. No escuche nada al respecto en el último mensaje presidencial. Existen aun chilenos invisibles.

Hace un año recibimos su diagnóstico: Trastorno del Espectro Autista (TEA): retraso en el lenguaje, dificultades en la percepción sensorial, dificultades sociales y un gran etc. que nos hizo mirar el futuro inmediato y a largo plazo no con esperanza, sino con miedo. Mis 20 años de profe fueron nuevamente cuestionados. No sabía cómo ayudarlo frente a ello. Después del duelo, después de la pena, rabia e impotencia viene la imperiosa necesidad de cambiar el mundo que le tocará vivir a uno de mis hijos.

Y es aquí que me encuentro con barreras impuestas por la única institución que debiera empoderar a los niños y niñas con respecto a su futuro: el sistema educativo en Chile carece de una respuesta real basada en la justicia para mi Santiago y muchos niños como él.

Y recuerdo las batallas ganadas por esos jóvenes: educación gratis y de calidad para todos. Este tema, el acceso a una educación de calidad inclusiva, donde caben todos, ni siquiera se aborda en las supuestas propuestas de los candidatos en este año electoral. Sé que muchos padres y profesionales se cansaron de esperar respuestas a la supuesta acogida del tema de las actuales autoridades.

Teniendo en cuenta que todos los niños son sujetos de derechos (declaración universal de DDHH, convención de los derechos del niño, Convención de los Derechos de Personas en Situación de Discapacidad), todas ratificadas por nuestro país, ¿no estamos acaso frente a una flagrante violación de dichos derechos cuando le negamos el acceso a niños con TEA en las escuelas?

Al ser un espectro, existen problemáticas variadas y respuestas distintas. Sin embargo, no hay coherencia en el abordaje de esta condición. ¿Sabías que hay exámenes para detección temprana del TEA que no tienen código FONASA, por ende no son cubiertos? Muchas familias simplemente no pueden pagar $300.000 que aproximadamente cuesta un estudio genético. Para que decir de la escasa cobertura de terapias para estos niños (terapia ocupacional, fonoaudiología, etc.)

Esa educación para todos tiene también falencias en la respuesta a aquellos compatriotas que debiésemos cuidar de mejor manera. No solo en la búsqueda de aquellas propuestas metodológicas que logren su objetivo: que los niños aprendan, sino en la búsqueda de la necesaria empatía y entender que el concepto de educación inclusiva es con todos. Más aún, a pesar de esfuerzos, muchas personas siguen pensando que los jardines o escuelas

“especiales” son la solución, naturalizando la segregación y entregando caridad. Muchos hacen grandes esfuerzos, pero es la sociedad quien les ve distintos: la realidad creada por este lenguaje hace que niños y jóvenes sean vistos como objetos de caridad y no sujetos de derechos. ¿Y la dignidad, la acogida?

Es más: Tomando en cuenta que casi un 80% de los chilenos ganan menos de $700.000, resulta indignante pensar en poder asistir a alguna institución especializada (y privada) cuya mensualidad alcanza los $600.000. Algunos padres mienten para ingresar a las escuelas de lenguaje que ayudan enormemente, pero están obligados a mentir para ingresar ya que el sistema los deja afuera. Las escuelas de pedagogía, carreras muy populares en la mayoría de las universidades, no incluyen programas de metodología para apoyar a los niños con TEA. El sistema impuesto hace además que los profesores vean a estos estudiantes como un cacho, una dificultad al momento de ser evaluados por los terribles SIMCEs cada año. Es incluso patológica la falta de empatía y recursos que muchos de mis colegas tienen al respecto.

Ana, madre de 2 hijos con autismo y epilepsia refractaria debe viajar a Santiago constantemente para tratamiento, y para ello costea parte de sus gastos haciendo rifas de lo que sea. Otras madres no tienen apoyo de ningún tipo. Sus hijos resienten la falta de oportunidades para progresar y finalmente los padres vivimos con la angustia de que ocurrirá con nuestros hijos cuando la muerte nos llegue. Perdón pero no veo la justicia por ninguna parte.

Tratamientos sin cobertura, el sistema educativo transformado en una amenaza más que en una oportunidad (este concepto me duele más siendo parte de ello), una cultura indolente, una falta de empatía impuesta son realidades creadas que deben cambiarse de manera urgente. No es exageración decir que hay vidas en juego.

Les pedimos a los políticos una sensibilidad diferente. Les pedimos lo que nos corresponde por justicia, no caridad. Les pedimos poner nombres y rostros a los “problemas reales de la gente”, lejos del slogan y con medidas concretas y tomando en cuenta a quienes conocen y han trabajado por años en el tema. Si algunos parlamentarios no saben el costo de un pasaje en metro, mucho menos podrán mirar con la ternura necesaria a mi hijo Santiago, quien necesita una sociedad más amable, más justa, más empática.

Hay algunas agrupaciones que han estado trabajando en este tema. Hay profesionales con propuestas que no han sido escuchadas, muchos que queremos ver un cambio real, no un slogan publicitario pseudo-politico, y que no nos digan que no hay recursos, cuando se entregan dineros hasta para parcelas de agrado de generales. Eso no se entiende, no se puede aceptar. El bienestar de muchos hijos está en juego y lo creo más importante que las innumerables líneas telefónicas de parlamentarios.

Me gusta el país que a ti también te gusta: donde cualquier persona pueda soñar con ser presidente. Si no nos atrevemos a hacer las transformaciones reales para incluir a todos, naturalizamos aquellas conductas que muestran la institucionalización de los “valores” neoliberales que tanto daño nos están haciendo.

Como profesional, como padres que tú y yo somos, más allá de las promesas de compaña que tantas veces nos venden a tan alto precio, te pido poner esto sobre la mesa, y visibilizar que los slogans son solo un resumen de un cambio más profundo, de una realidad que con palabras formamos, pero que con obras consolidamos. En una de esas, tal vez algún día, tendremos un presidente, un parlamentario, una senadora, con alguna capacidad diferente, y no será noticia, pues es lo que esperamos de una cultura de la colaboración y la bondad.

Espero que esta misiva tenga la acogida que esperamos quienes aún tenemos fe en nuestra sociedad.

Atte.
Juan José Lecaros C.
Papá de Santiago y Juan José
Profesor de Inglés
Magister en la Enseñanza del Inglés como Idioma Extranjero (TEFL)
Magister en Educación con mención en Liderazgo Transformacional y Gestión Educacional


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