Un caso particular en nuestro país se ha intentado desarrollar en el seno de la Iglesia Evangélica. Grupos organizados mediante redes sociales donde se comparte información abiertamente falsa resultaron ser incluso menos perniciosos que la serie de exposiciones en iglesias donde se ha buscado alertar a los fieles sobre el rol de la ideología de género en nuestro país.

Marcela Aranda, directora del Observatorio Jurídico “Ministerio de Gobierno y Fe” (sin información disponible), es una fiel representante de este mundo. Expone a nombre de él contra los “más de 60 proyectos de ley” que pretenden cambiarle el cariz moral a nuestra patria.

Señala que la ideología de género trasciende a derecha e izquierda, pero de lo discursivo a lo práctico da un gran salto. Y es que Aranda en redes sociales no sólo comparte información contra la ideología de género, sino que se transforma en asidua militante de medios como El Demócrata, Chile Corrupción o El Líbero, todos de la más dura y desinformada derecha. Comparte noticias como “Economista advierte sobre la continuidad de Guillier al gobierno de Bachelet”, y no pierde oportunidad de utilizar su plataforma para proliferar cualquier información contra los jóvenes nuevos diputados de izquierda. Llama a no votar por ningún candidato que apoye los referidos proyectos, donde incluye el de aborto terapéutico y el proyecto de identidad de género. Como es de esperarse, prácticamente ninguna crítica a Chile Vamos, menos a la coyuntura política cruzada por la admisibilidad de la querella por negociación incompatible y uso de información privilegiada de Sebastián Piñera.

Y es que más allá de su claro activismo político en la derecha, el sustento de sus posiciones que se difunden dentro de las congregaciones de fe evangélicas carecen de absoluta raigambre legal, racional e incluso ética. Abusando de la falta de educación de nuestros compatriotas, como también del discurso autoinferido de la comunicación de Dios sobre su persona, otorga legitimidad a posiciones que rayan no sólo en la homofobia, sino que se transforman en un atentado para la aparente paz de la vida democrática, y que debiesen preocupar a cualquier persona que se diga con sentido común:

Acusó a Rolando Jiménez, del MOVILH, de buscar legalizar la pedofilia, asimilando indirectamente homosexualidad a la misma. Aranda confunde antojadizamente el delito de sodomía (art. 365 del Código Penal) y la crítica a su inconstitucionalidad, es decir, que establezca una diferencia de la legalidad de una relación homosexual (más de 18 años) con una heterosexual (más de 14 años), con instar a legalizar el sexo con menores de 14 años, lo que en Chile es categorizado bajo el tipo penal de violación impropia (es decir, siempre es violación).

Secunda a quienes piensan -desde su mismo sector- que el movimiento No más AFP está involucrado en la “ideología de género”, al ser financiado por el gobierno y tener voceros “socialistas”, cuando el mismo poder ejecutivo y la derecha se han opuesto a las transformaciones que dicho movimiento por la dignidad de la vejez y contra la usura plantea. Lo que molesta es el fin a las AFP, modelo de capitalización creado en dictadura por José Piñera.

Señala que el proyecto de identidad de género (Rol 8924-07) otorgaba a los niños y niñas la posibilidad decidir por sí mismos su género a través del cambio de sexo. En la realidad, la ley planteaba -antes del lobby cristiano y la vergüenza de la falta de quórum recurrente provocada por los congresistas de derecha- que el cambio de sexo es únicamente registral (no de órganos sexuales, es decir, sólo en el Registro Civil) y que según la edad se requería o autorización de los padres o aprobación judicial tras una serie de pericias psicológicas/médicas. También se hacía cargo de la población intersexual, i.e. aquellos o aquellas que nacen con (o parte de) los genitales de ambos sexos, quienes parecen ser ignorados por el discurso ultraconservador referido: no siempre se nace con pene o vagina, existe una población no menor con ambos órganos sexuales.

En sus distintas charlas aboga por la teocracia, por -prácticamente- un Dios que no es democrático, por un Dios que no quiere a sus fieles tibios, llamándolos a luchar contra el pecado como ella lo hace. Señala que estas leyes cambiarán la Constitución de nuestro país (cuestión legalmente improcedente), que se busca que antes de los 4 años debe enseñarse a los niños y niñas a masturbarse abriendo la puerta a que sea por un externo, que permitirá que el ser humano se case con animales, y que la imposición de la “ideología de género” es un complot de la OEA, la ONU y la Fundación Rockefeller para destruir el concepto de familia. Así, usa la mentira y la tergiversación para infundir rechazo, amparándose en la libertad de expresión como recurso.

¿Somos capaces de internalizar cuánto daño se les está haciendo a todos los grupos afectados a partir de la difusión y proliferación de dichas mentiras transformadas en relatos de apariencia cierta? ¿Somos capaces de asumir cómo ellos actúan en el orden social -desde lo colectivo y lo individual- como motores de la discriminación, violencia física y psicológica, e incluso como móviles directos e indirectos del asesinato de nuestros pares?

Lo que en otros países sería calificado como incitación al odio, en Chile ni siquiera ha sido tema. Y es que lo realmente ideológico es lo que hace Aranda y todos quienes están detrás -razonablemente- de la crítica a la “ideología de género”: no sólo replican el discurso de la derecha, sino que interpelan a la población cristiana (sobre todo evangélica) a dar una lucha contra la ideología sin asumir que su discurso es ideológico, es decir, un discurso que hace pasar como “natural” un orden político, un discurso que trata como neutral una posición servil al statu-quo y con ello a una sociedad de clases, un discurso que rechaza, juzga y discrimina al prójimo basando en Dios reflexiones que son más humanas que divinas, reflexiones que, amparadas en una falsa libertad de expresión, justifican el odio del uno al otro; un odio que ni demócratas, izquierdistas y cristianos podemos darnos el lujo de pasar por alto, un odio que no sólo debemos denunciar, sino que también -desde todas nuestras trincheras- tenemos el imperativo ético de disputar y combatir.


Texto publicado por Leonardo Jofré en El Mostrador

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